El primo Basilio
El primo Basilio Una mañana de aquella semana, Jorge, que no se acordaba de que era dÃa festivo, encontró cerrada la secretarÃa y volvió a su casa hacia el mediodÃa. Juana, en la puerta, conversaba con la vieja que compraba los huesos; la puerta de arriba estaba abierta y Jorge, llegando sin que le oyesen al cuarto, sorprendió a Juliana, cómodamente tumbada en la chaise longue, leyendo tranquilamente el periódico.
Se levantó muy encarnada, apenas le vio, balbuciendo:
—Perdóneme, pero me dio una palpitación tan fuerte…
—Que se puso usted a leer el periódico, ¿eh? —dijo Jorge, apretando instintivamente el puño del bastón—. ¿Dónde está la señora?
—Debe de estar por el comedor —dijo Juliana, poniéndose a barrer muy de prisa.
Jorge no encontró a Luisa en el comedor; dio con ella en el cuarto de la plancha, desgreñada, en bata de mañana planchando ropa, muy atareada y afligida.
—¿Estás planchando? —exclamó.
Luisa enrojeció un poco y dejó la plancha. Juliana estaba malucha y se habÃa reunido una pila de ropa…
—Dime: ¿quién es aquà la señora, quién es la criada?
