El primo Basilio

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Capítulo XII

Una mañana de aquella semana, Jorge, que no se acordaba de que era día festivo, encontró cerrada la secretaría y volvió a su casa hacia el mediodía. Juana, en la puerta, conversaba con la vieja que compraba los huesos; la puerta de arriba estaba abierta y Jorge, llegando sin que le oyesen al cuarto, sorprendió a Juliana, cómodamente tumbada en la chaise longue, leyendo tranquilamente el periódico.

Se levantó muy encarnada, apenas le vio, balbuciendo:

—Perdóneme, pero me dio una palpitación tan fuerte…

—Que se puso usted a leer el periódico, ¿eh? —dijo Jorge, apretando instintivamente el puño del bastón—. ¿Dónde está la señora?

—Debe de estar por el comedor —dijo Juliana, poniéndose a barrer muy de prisa.

Jorge no encontró a Luisa en el comedor; dio con ella en el cuarto de la plancha, desgreñada, en bata de mañana planchando ropa, muy atareada y afligida.

—¿Estás planchando? —exclamó.

Luisa enrojeció un poco y dejó la plancha. Juliana estaba malucha y se había reunido una pila de ropa…

—Dime: ¿quién es aquí la señora, quién es la criada?


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