El primo Basilio

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Capítulo XIII

Pasaban de las ocho cuando el coche paró en el San Carlos. Un golfillo que tosía mucho, con el chaquetón cerrado sobre el pecho con un alfiler, se precipitó a abrir la portezuela, y doña Felicidad sonrió de contento, sintiendo la cola de su vestido de seda arrastrarse sobre la alfombra deshilachada del pasillo de palcos.

Estaba ya levantado el telón. A la luz rebajada del escenario veíase la decoración clásica de una celda de alquimista; envuelto en un hábito monástico, con una abundancia hirsuta de barbas grises y temblores seniles, Fausto cantaba desilusionado de las ciencias, posando sobre el corazón una mano en la que relucía un brillante. Un vago olor a gas escapado flotaba sutilmente. Aquí y allá oíanse toses. Había aún poca gente. Y seguían entrando.

En el palco, mientras se colocaban, doña Felicidad y Luisa cuchicheaban, con gestecillos de negativa y miradas suplicantes:

—¡Vamos, Felicidad, por ser quien eres!

—Si estoy aquí muy bien…

Por fin, doña Felicidad se sentó en el sitio preferente, sacando el pecho. Luisa se quedó detrás poniéndose los guantes, mientras, Jorge colocaba los abrigos, furioso con el sombrero, que había ya rodado dos veces.


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