El primo Basilio
El primo Basilio Luisa pasó la noche dando vueltas, con fiebre. Jorge, de madrugada, se quedó asustado de la frecuencia del pulso de ella y del calor seco de la piel.
Tampoco él, muy nervioso, pudo dormir. El cuarto, donde nadie había encendido luz hacía mucho tiempo, tenía una frialdad deshabitada; en la pared, junto al techo, veíanse manchas de humedad; la cama, antigua, de columnas torneadas, sin cortinas, y la vieja cornucopia, con su espejo empañado, daban, a la luz temblorosa de la lamparilla una sensación triste de convivencias extintas. El verse allí con su mujer, en una cama ajena, producíale, sin saber por qué, una vaga nostalgia: era como si diese a su vida una brusca alteración y, semejante a un río que muda de lecho, su existencia desde aquella noche fuera a empezar a correr entre aspectos diferentes. El noreste hacía retemblar los cristales de la ventana y aullaba encajonado en la calle.
Por la mañana Luisa no se pudo levantar. Julián, llamado a toda prisa, los tranquilizó.
—Es una calenturilla nerviosa. Requiere sosiego, no es nada. Ha sido el sustito de anoche, ¿eh?
—He soñado toda la noche con ella —dijo Luisa—. Que había resucitado… ¡Qué horror!
—¡Ah, puede usted estar tranquila!… ¿Y qué, han aviado ya a esa mujer?
