El primo Basilio
El primo Basilio Al otro día Jorge fue al Ministerio, por donde no había aparecido en los últimos tiempos. Pero estuvo allí poco. La calle, la presencia de los conocidos o de los extraños, le torturaba; parecíale que todo el mundo lo sabía; en las miradas más naturales veía una intención maligna y en los apretones de mano más sinceros una irónica presión de pésame; los mismos carruajes que pasaban ante él le traían la sospecha de haberlos conducido al rendez-vous, y todas las casas le parecían la fachada infame del Paraíso. Volvióse más sombrío, desgraciado, sintiendo su vida arruinada. ¡Y ya en el corredor, al entrar, oyó a Luisa canturreando, como en otro tiempo, la Mandolinata! Estaba vistiéndose.
—¿Cómo estás? —le preguntó, dejando su bastón sobre una silla.
—Estoy bien. Hoy me siento mucho mejor. Un poco débil todavía.
Jorge dio algunos pasos por el cuarto, taciturno.
—¿Y tú? —preguntó ella.
—Aquí me tienes —dijo tan desconsoladamente que Luisa soltó el peine y con el pelo suelto se acercó a ponerle las manos en los hombros, muy cariñosa:
—¿Qué tienes? Tú tienes algo. ¡Te encuentro tan extraño hace días! ¡No eres el mismo! A veces estás con una cara de reo… ¿Qué es? Dime.
