El primo Basilio

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Capítulo III

Hacía ya doce días de la marcha de Jorge y, a pesar del calor y del polvo, Luisa se vestía para ir a casa de Leopoldina. ¡Si Jorge lo supiera no le había de gustar, no! ¡Pero estaba harta de verse sola! ¡Se aburría tanto!… ¡Por la mañana aún tenía los arreglos de la casa, la costura, la toilette, alguna novela! ¡Pero por la tarde…!

A la hora en que Jorge acostumbraba volver del Ministerio, la soledad parecía ensancharse en torno de ella. ¡Le hacían tanta falta su campanillazo, sus pasos en el corredor!…

Al atardecer, viendo caer el sol, se entristecía sin razón, sumíase en un vago sentimentalismo; se sentaba al piano, y los fados tristes, las cavatinas apasionadas gemían instintivamente en el teclado, bajo sus dedos perezosos, en el movimiento lánguido de sus brazos lasos. ¡Cuántas tonterías pensaba entonces! Y por la noche, sola, en la amplia cama francesa, sin poder dormirse con el calor, le acometían de repente terrores, presentimientos de viudez.

No estaba acostumbrada, no podía estar sola. Pensó incluso en llamar a tía Patrocinio, una vieja parienta, pobre, que vivía en Belem. Por lo menos era alguien; pero temió aburrirse más, junto a su larga figura de viuda taciturna, siempre haciendo punto, con los grandes lentes, de montura de carey, sobre la nariz aguileña.


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