La Reliquia

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III

Llevaría, aproximadamente, dos horas de sueño, cuando me pareció que una claridad trémula, como la de una antorcha humeante, penetraba en mi tienda, y que a través de ella, una voz me llamaba, lamentosa y doliente:

—Teodorico, Teodorico, levántate y parte para Jerusalén.

Arrojé la manta, asustado, y vi al doctísimo Topsius que a la luz mortecina de una vela se calzaba rápidamente una espuela de hierro, apoyado el pie sobre la mesa donde yacían las botellas de champaña. Era él quien me despertaba apresurado y fervoroso.

—¡Arriba, Teodorico, arriba! ¡Ya están ensilladas las yeguas! Al amanecer debemos llegar a las puertas de Jerusalén.

Incorporándome en el catre, miré con pasmo al sesudo doctor:

—¡Topsius! Pero ¿vamos a partir así, bruscamente, sin alforjas, saliendo de las tiendas como quien huye? El erudito alemán alzó sus anteojos de oro que resplandecían con una desusada e irresistible intelectualidad. Una capa blanca que yo no le había visto hasta entonces le envolvía en pliegues graves y puros de toga latina. Lento y solemne, alzó los brazos y me dijo, con labios que parecían clásicos y de mármol:


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