La Reliquia
La Reliquia Dos semanas después, rodando en el coche del Pingalho hacia el Campo de Santa Ana, con la portezuela entreabierta y la bota extendida hacia el estribo, distinguí entre los árboles sin hojas el portal negro de la casa de mi tía. Dentro de aquel coche traqueteante, yo resplandecía más que un gordo césar, coronado de follajes de oro, sobre su vasto carro, volviendo de domar pueblos y dioses.
Era, ciertamente, el deleite por volver a ver, en aquel cielo de enero tan azul, a mi Lisboa, con sus calles silenciosas, color de caliza sucia, y aquí y allá, las persianas verdes y bajas en la ventana, como párpados pesados de languidez y de sueño. Pero era, sobre todo, la certeza de la gloriosa mudanza que se había hecho en mi fortuna doméstica y en mi influencia social.
