La Reliquia

La Reliquia

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VI

Al día siguiente, descolorido y miserable, ante una mesa del hotel, revolvía mi pobre sopa, cuando un caballero con gabán negro vino a sentarse en el testero de enfrente, junto a una garrafa de agua de Vidago, de una caja de píldoras y de un número de La Nación. En su frente, inmensa y arqueada como frontis de capilla, se retorcían dos venas gruesas: y bajo las fosas largas, ennegrecidas de rapé, el bigote era hecho de pelos grises, duros como las cerdas de un cepillo. El gallego, al servirle la sopa, dijo con agrado:

—Sea bien venido el señor Lino.

Después del cocido, este caballero me dijo:

—¿Y usted, si no le molesta la curiosidad, viene de las provincias del norte?

Pasé la mano por los cabellos.

—No, señor… ¡Vengo de Jerusalén!

Asombrado, el señor Lino dejó caer la cucharada de arroz. Y, después que hubo rumiado su emoción, confesó que le interesaban mucho todos aquellos lugares santos, porque tenía religión, gracias a Dios. Desempeñaba un empleo, también gracias a Dios, en la cámara patriarcal…

—¡Ah, en la cámara patriarcal! —respondí—. ¡Es muy respetable!… Yo traté mucho a un patriarca. Traté mucho al señor patriarca de Jerusalén. Un caballero muy santo, muy querido. Hasta concluimos por tratarnos de .


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