La Reliquia
La Reliquia Fue un domingo, día de san Jerónimo, cuando mis pies latinos pisaron por primera vez la tierra de Alejandría. ¡La tierra del oriente, sensual y religiosa! Yo di las gracias a Dios, nuestro señor, por haber hecho hasta allí un viaje feliz; y mi compañero, el ilustre Topsius, doctor alemán por la universidad de Bonn, socio del Instituto Imperial de Excavaciones Históricas, murmuró, grave como una invocación, abriendo su gran quitasol verde:
—¡Egipto, Egipto! Yo te saludo, negro Egipto. Séame propicio tu dios de la historia, inspirador de la obra de arte y de la obra de la verdad.
A través de aquel zumbido científico, yo me sentía envuelto en un vaho tibio, como de estufa, adormecedor y perfumado con aromas de sándalo y de rosa. Desde el primer momento amé aquella tierra de indolencia, de sueño y de luz. Y montando en el coche que debía conducirnos al hotel de las Pirámides, invoqué a las divinidades, como el ilustre doctor Topsius:
—¡Egipto, Egipto! Yo te saludo negro Egipto. Y que me sea propicio…
—¡No; que le sea a usted propicia, don Raposo, que le sea a usted propicia Isis, la vaca amorosa!
Así me interrumpió el eruditísimo alemán.
