Los Maia
Los Maia Puntual, el criado despertó a Ega a las siete. El rumor de la puerta le hizo sentarse de un salto en la cama, y al instante todas las negras tribulaciones de la víspera, Carlos, su hermana, la felicidad de aquella casa echada a perder para siempre, se le representaron de nuevo en el alma, como si despertaran también. La puerta del balcón se había quedado entreabierta: un amanecer silencioso y lívido clareaba a través del transparente blanco de labor. Durante un momento Ega miró a su alrededor, aterrado, y luego, sin valor, se hundió de nuevo en la cama, disfrutando de un minuto más de calor antes de afrontar las amarguras del día.
Y poco a poco, bajo el tibio abrigo de los cobertores, le pareció que aquella loca y somnolienta carrera en busca de Vilaça no era ni tan urgente ni tan útil… ¿Qué pintaba Vilaça en aquel asunto? No se trataba de dinero, de pleito alguno o de asuntos legales, nada que exigiese la experiencia de un administrador. Con ello sólo lograría que un burgués más estuviera al tanto de un secreto tan terriblemente delicado, que él mismo se asustaba de conocer. Y acurrucándose bajo las mantas, sólo con la nariz expuesta al frío, se decía para sus adentros: «¡Es una tontería ir a ver a Vilaça!».
