Los Maia
Los Maia Aquella mañana, Carlos iba a visitar por sorpresa la casa de Ega, la famosa Villa Balzac, que caprichosamente había ido meditando y disponiendo desde su llegada a Lisboa, y en la que al fin se había instalado.
Ega le había puesto aquel nombre literario por lo mismo que la había buscado en un barrio alejado, en la soledad de la Penha de França, para que el nombre de Balzac, su patrono, el silencio campestre, los aires puros, todo fuese propicio al estudio, a las horas consagradas al arte y al ideal. Pues pensaba encerrarse allí, como en un claustro de las letras, a acabar las Memorias de un átomo. Sin embargo las largas distancias le habían obligado a tomar al mes un coupé de la Compañía[64].
A Carlos le costó encontrar Villa Balzac: no estaba, tal y como le había dicho Ega, nada más pasar el Largo da Graça, un chalecito retirado, fresco, sombreado, risueño entre los árboles. Había que llegarse hasta la Cruz dos Quatro Caminhos. Luego la ruta discurría entre huertos, descendiendo con suavidad por la ladera de la colina, más transitable para los coches. Y allí, en un recodo, cercado por las tapias, se veía al fin un caserón de paredes astrosas, con dos peldaños de piedra a la puerta y estores nuevos de un carmesí chillón.
