Los Maia

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VIII

A la mañana siguiente, a las ocho en punto, Carlos detuvo el break en la Rua das Flores, ante el portal de Cruges. Pero el groom, que había subido a llamar a la puerta del tercer piso, volvió con la extraña noticia de que el señor Cruges ya no vivía allí. ¿Y dónde demonios vivía entonces el señor Cruges? Una criada le había dicho que el señor Cruges vivía ahora en la Rua de São Francisco, cuatro puertas más allá del Grémio. Por un momento, Carlos, desesperado, pensó en marcharse sin él. Pero se encaminó a la Rua de São Francisco, maldiciendo al maestro, que se había mudado de casa sin avisar, siempre misterioso, siempre tenebroso… En todo era igual, Carlos no sabía nada de su pasado, de su vida interior, de sus afectos, de sus costumbres. El marqués, una noche, le había llevado al Ramalhete, diciéndole a Carlos al oído que tenía ante sí a un genio. Y él había seducido a la concurrencia con la modestia de sus maneras y su maravilloso arte del piano, por lo que todo el mundo comenzó a tratar a Cruges de maestro, a hablar de él como de un genio, a declarar que Chopin no había hecho nada comparable a la Meditación de otoño de Cruges. Pero nadie sabía nada más. Fue por Dâmaso como Carlos supo que vivía en aquella casa de la Rua das Flores, con su madre, una señora viuda, aún lozana, y dueña de inmuebles en la Baixa.


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