Los Maia
Los Maia El famoso dÃa de la soirée de los Cohen, al final de aquella semana tan luminosa y dulce, amaneció nublado y triste. Carlos, al abrir la ventana que daba al jardÃn, se encontró con un cielo bajo que parecÃa algodón en rama sucio. Los árboles tenÃan un aspecto tembloroso y húmedo. A lo lejos, el rÃo estaba turbio, y por el blando aire erraba un tibio hálito de sudoeste. Decidió no salir, y desde las nueve sentado con sus libros, envuelto en su amplia robe de chambre de terciopelo azul, que le daba un hermoso aire de prÃncipe artista del Renacimiento, intentó trabajar. Pero dos tazas de café y un sinfÃn de cigarrillos no le despejaron, sentÃa la cabeza tan cargada como el cielo. TenÃa uno de sus dÃas terribles, en que se creÃa un negado, en que las hojas de papel rotas, estrujadas, que iban tachonando la alfombra, le daban la sensación de ser una ruina viviente.
Sintió una suerte de un alivio, una tregua en la lucha con las ideas rebeldes, cuando Baptista le anunció a Vilaça, que venÃa a hablarle de una venta de dehesas en el Alentejo, pertenecientes a su legÃtima.
—¡Negocios! —dijo el administrador, dejando el sombrero en una esquina de la mesa, con un rollo de papel dentro—. ¡Más de dos contos de reis para su bolsillo!… No está nada mal para empezar el dÃa…
Carlos se desperezó, cruzando con fuerza las manos contra la nuca:
