Los Maia

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XI

A la mañana siguiente, Carlos, que se había levantado pronto, fue a pie desde el Ramalhete hasta la Rua de São Francisco, a casa de madame Gomes. En el descansillo, en cuya penumbra moría la luz distante de la claraboya, aguardaba una anciana con pañuelo en la cabeza, encogida en un chal negro, sentada melancólicamente en el banco de enea. La puerta abierta mostraba una fea pared de corredor, empapelada de amarillo. Dentro, un reloj apático daba las diez.

—¿Ya ha llamado? —preguntó Carlos alzándose el sombrero.

Sumida en la sombra del pañuelo, que le caía sobre los ojos, la vieja murmuró en tono cansado y enfermizo:

—Sí señor. Ya han tenido la bondad de atenderme. El criado, el señor Domingos, ya no tarda…

Carlos esperó, paseándose lentamente por el descansillo. Del segundo piso llegaba un alboroto alegre de niños jugando. Más arriba, el mozo de Cruges fregaba la escalera metiendo mucho ruido, silbando un fado desesperadamente. Pasó un largo minuto, luego otro. La vieja lanzó un suspiro abatido. Al fondo de la casa un canario rompió a cantar. Carlos, impaciente, tiró del cordón de la campanilla.


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