Los Maia

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XIII

Carlos, que había desayunado pronto, se disponía a salir en el coupé, ya tocado, cuando Baptista le dijo que el señor Ega deseaba hablarle de una cosa importante, y que le rogaba que aguardase un momento. El señor Ega se estaba haciendo la barba.

Carlos se figuró que se trataba de la Cohen. Hacía dos semanas que ella estaba en Lisboa, y Ega aún no la había visto y raramente hablaba de ella. Pero Carlos le notaba nervioso y desasosegado. Cada mañana Ega ponía un gesto de fastidio al ver que el correo sólo le traía algún periódico precintado o cartas de Celorico. Por la noche recorría un par de teatros, casi vacíos en aquel comienzo de verano. Y cuando se recogía, sufría una nueva decepción: los criados le aseguraban que no había llegado ninguna carta para él. Ega no se resignaba a perder a Raquel, ansiaba verla, y le reconcomía que ella no le hubiera dado indicios de que su corazón añoraba, como poco, su antigua felicidad… Precisamente la víspera, Ega había aparecido trastornado a la hora de cenar: se había cruzado con Cohen en la Rua do Ouro, y había tenido la impresión de que «aquel canalla» le miraba de través, insolente, agitando su bastón. Juró que si «aquel canalla» osaba volver a ponerle la vista encima, le molía a palos allí mismo, en una esquina de la Baixa.


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