Los Maia
Los Maia Maria Eduarda y Carlos —que había pasado la noche en Oliváis, en su modesta cabaña— ya habían almorzado. Domingos había servido el café, y antes de salir le acercó a Carlos la caja de cigarrillos y el Figaro. Las dos ventanas estaban abiertas. Ni una hoja se movía en el aire plúmbeo de la mañana encapotada, aún más tristona por el lento doblar de las campanas, que moría lejano en los campos. En el banco de alcornoque, bajo los árboles, Miss Sara cosía perezosamente. Rosa, a su lado, jugaba en la hierba. Y Carlos, que a tono con aquella intimidad conyugal llevaba una simple camisa de seda y una chaqueta de franela, acercó su silla a la de Maria y le tomó la mano, y jugueteando con sus anillos en una lenta caricia le preguntó:
—A ver, amor mío… ¿Has decidido ya cuándo quieres que nos vayamos?
Aquella noche, entre sus primeros besos de prometida, ella le había expresado su deseo de no alterar los planes de Italia y de un nido romántico entre las flores de Isola Bella, si bien ahora no tendrían que esconder inquietos su felicidad culpable, sino que gozarían del sosiego de una felicidad legítima. Y después de tanto tormento y tantas incertidumbres como le habían agitado desde el día en que se cruzó con Maria Eduarda en el Aterro, también él anhelaba recogerse en un amor sin dudas ni sobresaltos.
