Los Maia
Los Maia Mas pasó aquel año y otros años pasaron.
Una mañana de abril, en vísperas de Semana Santa, Vilaça se presentó de nuevo en Santa Olávia.
No se le esperaba tan pronto, y como era el primer día soleado de aquella primavera lluviosa, los señores estaban de paseo por la quinta. Teixeira, el mayordomo, que encanecía a marchas forzadas, se mostró muy satisfecho de ver al señor administrador, con el que a veces se carteaba, y le condujo al comedor, donde la vieja gobernanta, Gertrudes, cogida por sorpresa, dejó caer una pila de servilletas por abrazarle.
Las tres puertas vidrieras estaban abiertas a la terraza, que se extendía bajo el sol con su balaustrada de mármol cubierta de enredaderas. Y Vilaça, bajando los peldaños que conducían al jardín, a duras penas pudo reconocer a Afonso da Maia en aquel viejo de barba nevada, si bien robusto y colorado, que remontaba el paseo de granados con su nieto de la mano.
Carlos, al avistar a un desconocido al pie de la terraza, con sombrero de copa alta y un cache-nez de felpa, corrió a verle de cerca, empujado por la curiosidad. Pero se encontró con que Vilaça, desprendiéndose de su paraguas, le cogió en brazos y le besó en el pelo, en la cara, balbuciendo:
—¡Mi pequeño, mi querido pequeño! Pero ¡qué guapetón que estás! ¡Y qué grande!
