Los Maia

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III

Mas pasó aquel año y otros años pasaron.

Una mañana de abril, en vísperas de Semana Santa, Vilaça se presentó de nuevo en Santa Olávia.

No se le esperaba tan pronto, y como era el primer día soleado de aquella primavera lluviosa, los señores estaban de paseo por la quinta. Teixeira, el mayordomo, que encanecía a marchas forzadas, se mostró muy satisfecho de ver al señor administrador, con el que a veces se carteaba, y le condujo al comedor, donde la vieja gobernanta, Gertrudes, cogida por sorpresa, dejó caer una pila de servilletas por abrazarle.

Las tres puertas vidrieras estaban abiertas a la terraza, que se extendía bajo el sol con su balaustrada de mármol cubierta de enredaderas. Y Vilaça, bajando los peldaños que conducían al jardín, a duras penas pudo reconocer a Afonso da Maia en aquel viejo de barba nevada, si bien robusto y colorado, que remontaba el paseo de granados con su nieto de la mano.

Carlos, al avistar a un desconocido al pie de la terraza, con sombrero de copa alta y un cache-nez de felpa, corrió a verle de cerca, empujado por la curiosidad. Pero se encontró con que Vilaça, desprendiéndose de su paraguas, le cogió en brazos y le besó en el pelo, en la cara, balbuciendo:

—¡Mi pequeño, mi querido pequeño! Pero ¡qué guapetón que estás! ¡Y qué grande!


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