Los Maia
Los Maia Acabada la cena en la Rua de São Francisco, Ega, que se había entretenido en el pasillo buscando su purera en los bolsillos del paletó, entró en el salón preguntándole a Maria, que ya se hallaba sentada al piano:
—Entonces, ¿no viene usted al sarao del Teatro da Trindade?
Ella se volvió para decir perezosamente, por entre el vals lento que le manaba de los dedos:
—No me apetece, estoy muy cansada…
—¡Será un tostón! —dijo Carlos desde la vasta poltrona en la que se había arrellanado, fumando con los ojos cerrados.
Ega se quejó. También era una lata subir a las pirámides de Egipto. Pero uno lo sobrellevaba, porque no todos los días se hallaba un cristiano en disposición de trepar por un monumento con cinco mil años de existencia… En aquel sarao, doña Maria vería, por tan sólo diez tostones, algo singularísimo: el alma sentimental de un pueblo mostrándose en un escenario, a un tiempo desnuda y vestida de frac.
—¡Venga, ánimo! ¡Un sombrero, un par de guantes, y andando!
Maria se sonreía, aduciendo fatiga y pereza:
—Bueno —exclamó Ega— yo sí que no quiero perderme a Rufino… ¡Vamos Carlos, levanta!
Pero Carlos imploró clemencia:
