La vida del Buscon

La vida del Buscon

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—Sí fue —dijo don Diego—, y, con todo, parece que se siente V. Md. de esa pierna.

—Sí siento —dije yo—, y me querría ir a tomar mi caballo y a casa.

La muchacha quedó satisfecha y con lástima de mi caída, mas el don Diego cobró mala sospecha de lo del letrado, y fue totalmente causa de mi desdicha, fuera de otras muchas que me sucedieron. Y la mayor y fundamento de las otras fue que, cuando llegué a casa, y fui a ver una arca, adonde tenía en una maleta todo el dinero que me había quedado de mi herencia y lo que había ganado, menos cien reales que yo traía conmigo, hallé quel buen licenciado Brandalagas y Pedro López habían cargado con ello y no parecían.[66] Quedé como muerto, sin saber qué consejo tomar de mi remedio. Decía entre mí: —«¡Malhaya quien fía en hacienda mal ganada, que se va como se viene! ¡Triste de mí! ¿Qué haré?». No sabía si irme a buscarlos, si dar parte a la justicia. Esto no me parecía bien, porque, si los prendían, habían de aclarar lo del hábito y otras cosas, y era morir en la horca. Pues seguirlos, no sabía por dónde. Al fin, por no perder también el casamiento, que ya yo me consideraba remediado con el dote, determiné de quedarme y apretarlo sumamente.[67]


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