La vida del Buscon

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Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar. Don Diego y yo nos vimos tan al cabo, que, ya que para comer, al cabo de un mes, no hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos de mañana. Y así, trazamos de decir que teníamos algún mal. No osamos decir calentura, porque, no la teniendo, era fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo. Dijimos, al fin, que nos dolían las tripas y que estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas en tres días,[64] fiados en que, a trueque de no gastar dos cuartos en una melecina,[65] no buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque tenía una que había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomóla y aderezó una melecina,[66] y, haciendo llamar una vieja de setenta años, tía suya, que le servía de enfermera, dijo que nos echase sendas gaitas.[67]









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