Los suenos
Los suenos Entre estas demandas y respuestas, fatigado y combatido (sospecho que fue cortesÃa del sueño piadoso más que de natural) me quedé dormido. Luego que, desembarazada, el alma se vio ociosa sin la traba de los sentidos exteriores, me embistió desta manera la comedia siguiente, y asà la recitaron mis potencias a escuras siendo yo para mis fantasÃas auditorio y teatro.
Fueron entrando unos médicos a caballo en unas mulas que con gualdrapas negras parecÃan tumbas con orejas. El paso era divertido, torpe y desigual, de manera que los dueños iban encima en mareta y algunos vaivenes deserradores. La vista asquerosa de puro pasear los ojos por orinales y servicios; las bocas emboscadas en barbas, que apenas se las hallara un braco; sayos con resabios de vaqueros; guantes en enfusión, doblados como los que curan; sortijón en el pulgar, con piedra tan grande que cuando toma el pulso pronostica al enfermo la losa. Eran estos en gran número, y todos rodeados de platicantes que cursan en lacayos, y tratando más con las mulas que con los dotores se graduaron de médicos. Yo, viéndolos, dije:
—Si destos se hacen estos otros, no es mucho que estos otros nos deshagan a nosotros.