Los suenos

Los suenos

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—Feas —dijo al instante— seis veces más, porque los pecados para cometerlos no es menester más que admitirlos, y las hermosas, que hallan tantos que las satisfagan el apetito carnal, hártanse y arrepiéntense, pero las feas, como no hallan nadie, allá se nos van en ayunas y con la misma hambre rogando a los hombres, y después que se usan ojinegras y cariaguileñas, hierve el infierno en blancas y rubias y en viejas más que en todo, que de envidia de las mozas, obstinadas, expiran gruñiendo. El otro día llevé yo una de setenta años que comía barro y hacía ejercicio para remediar las opilaciones y se quejaba de dolor de muelas porque pensasen que las tenía, y con tener ya amortajadas las sienes con la sábana blanca de sus canas y arada la frente, huía de los ratones y traía galas, pensando agradarnos a nosotros. Pusímosla allá, por tormento, al lado de un lindo deseos que se van allá con zapatos blancos y de puntillas, informados de que es tierra seca y sin lodos.

—En todo eso estoy bien —le dije—; solo querría saber si hay en el infierno muchos pobres.

—¿Qué es pobres? —replicó.

—El hombre —dije yo— que no tiene nada de cuanto tiene el mundo.


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