Politica de Dios y gobierno de Cristo
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Quisiera poder hablar con vuestra majestad con tal afecto y tal espÃritu en esta parte, que merecieran mis voces estar de asiento en los oÃdos de vuestra majestad, donde fueran centinela mis palabras en el paso más peligroso que hay para el corazón de los prÃncipes, en la senda que más frecuentan los aduladores y los desconocidos. Señor, llega un vasallo a pedir a vuestra majestad le haga merced del oficio de consejero; sea respuesta general: No sabéis lo que pedÃs (suena rigor, y encamina piedad esta cláusula): ¿podréis tener mis trabajos y padecer mis ocupaciones? ¿Hablar bien, y mejor que de vos propio, de los que me sirven más? ¿Podréis solicitar el premio para el benemérito, y olvidaros del interés propio? ¿Podréis desapasionaros de la sangre y del parentesco, y apasionaros de la necesidad y de la suficiencia? ¿Alegareisme mañana, por servicio para mayores cargos, esta merced que hoy me pedÃs sin ningunos servicios? ¿Podréis anteponer a vuestros hijos, sin virtud ni experiencia, los suficientes y arrinconados? ¿Queréis antes morir tan pobre que pidan para enterraros, que no tan rico que os desentierren porque pedisteis? ¿Podréis dejar antes buen nombre, que nombre de rico? Pues advertid que esto vale, y esto os ha de costar la ropa y la plaza.- ¡Señor, qué grandes dos jornadas camina la reputación del prÃncipe que da de esta manera! Lo primero, da a conocer el precio de lo que le piden; y lo segundo, que él lo sabe, y quiere que lo sepan los que se le pretenden. Asà en los demás cargos y oficios es forzoso hacer esta diligencia, copiándola de la boca de Jesucristo; porque es cierto, Señor, que los que más pretenden, saben lo que a ellos les está bien, no lo que está bien al oficio; y esa diligencia está en la obligación del rey, y a su cargo para su cuenta postrera, donde no tiene lugar de disculpa, antes le tiene de circunstancia, el «no lo entendÃ, asà me lo dijeron, engañeme, ni engañáronme». PÃdenle a Cristo la gloria, y dice: No sabéis lo que pedÃs. ¿Podréis beber mi cáliz, que mi gloria no vale menos, si se da por otra cosa? Dijeron que sÃ; y no les dio la gloria, ni se la negó. Dice la luz de las divinas letras, Santo Tomás: «Ni se las dio, ni se las negó, porque si se las diera, entristeciéranse los otros; y si se las negara, ellos».
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