Politica de Dios y gobierno de Cristo
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¡Gran cosa que este rey no se fiase de sus profetas, que hiciese diligencias por un varón de Dios, que enviase por él, que le oyese, que no se contentase con la primer respuesta que le dio a su gusto, que le conjurase por Dios que le dijese la verdad: todo a fin de despreciar con más requisitos a la verdad y a Dios, abofetear al profeta, meterlo en prisiones sin piedad ni respeto! Rey que oye al predicador, al confesor, al teólogo, al santo varón, al profeta; que lee libros: para no hacer caso de ellos, para castigarlos y despreciarlos, para dar lugar a que Sedecias los afrente, para prenderlos, ése solicita la indignación de Dios contra sÃ, y todo su cuidado le pone en hacerse incapaz de su gran misericordia. Morirá ese rey; y como a Acab, lamerán su sangre los perros. Flecha inadvertida, yendo a otra parte encaminada por la justicia de Dios, le quitará la vida y el reino. Asà sucedió a Acab en el capÃtulo citado. San Pablo lo dice asÃ, y les pronuncia esta sentencia
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: «Los que habiendo conocido la justicia de Dios, no entendieron que los que tales cosas hacen son dignos de muerte; y no tan solamente los que estas cosas hacen, sino también los que consienten a los que la hacen.»
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