Politica de Dios y gobierno de Cristo

Politica de Dios y gobierno de Cristo

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De manera que no sólo fue digno de aprobación en Cristo el dar la pobre viuda de lo que la faltaba y no tenía, sino que convocó sus discípulos para darles aquella doctrina con aquel ejemplo, como a ministros a quien había de encomendar diferentes provincias y reinos que alumbrar en la luz del Evangelio. Dirán dos cosas los que piden sosiego y comodidad propia sin tributos: «que este lugar a la letra se entiende de lo que se da a Dios» y dicen bien. Mas no sé yo qué letra de él falta para que se entienda a la letra de lo que se pide para defensa de la ley de Dios, en qué consiste la salud de las almas. La otra, que este lugar citado trata de dádivas voluntarias a Dios, conforme a la voluntad de cada uno; y que por esto se aplica con poca similitud o ninguna al tributo que se impone, y a la dádiva o donativo que se pide. Respondo: que en éste a que obligan es más justificada la obediencia, por cuanto a la voluntad de asistir a la defensa de la fe y bien público se añade el mérito en obedecer a la necesidad por evitar el riesgo. Después de acallados estos achaques, aun quedan réplicas a la miseria desconocida. Confesarán quieren quietud y armas, si son necesarias para defenderla o adquirirla, y tributos; empero que si los tributos los quitan el sustento, y las propias armas la quietud, que es prometer lo que les quitan, y hacer con achaque del enemigo lo mismo que él pudiera hacer; y que más parece adelantarse con envidia de la crueldad en su ruina a los enemigos, que oponérseles. Esta malicia tercera se convence con el proceder que en el cuerpo humano enfermo tienen la calentura y la sangría: ésta, evacuando la sangre, asegura la vida con lo que quita; aquélla la destruye, si la guarda. Queda debilitado, mas queda; tiene menos sangre, empero más esperanza de vida y disposición a convalecer; quita las fuerzas, no el ser, que puede restaurarlas. Doy que (como acontece) muera asistido de las purgas y de las sangrías; empero muere como hombre, asistido de la razón, de la ciencia y de los remedios. Si se deja a la enfermedad, es desesperado; conjúrase contra sí con la dolencia, muere enfermo y delincuente. No de otra suerte, en los tributos y el enemigo, se gobierna el cuerpo de la república: donde aquéllos hacen oficio de sangría o evacuación, que sacando lo que está en las venas y en las entrañas, dispone y remedia; y éste, de enfermedad, que sólo puede disminuirse creciendo aquéllos con la evacuación que dispone su resistencia y contraste. Quien niega el brazo al médico y la mano al tributo, ni quiere salud ni libertad. Y como el médico no es cruel si manda sacar mucha sangre en mucho peligro, no es tirano el príncipe que pide mucho en muchos riesgos y grandes.


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