Politica de Dios y gobierno de Cristo
Politica de Dios y gobierno de Cristo
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Ha de recibir el aplauso, y aclamaciones y triunfos reales. Cristo lo enseñó en la entrada en Jerusalén, que se dice la fiesta de los Ramos, donde le bendijeron y aclamaron por el que venía en el nombre del Señor. Mas ha de advertir el príncipe que son demostraciones del pueblo: que el domingo echaron sus vestiduras para que las pisase, y el viernes echaron suertes sobre la suya; que el domingo con fiesta le dieron los ramos, para darle el viernes desnudo el tronco. No ha de recibir alabanzas de los mañosos e hipócritas. Cristo Jesús al que entró diciendo: «Maestro bueno», le dijo: «¿Por qué me llamas Maestro bueno?». Y díjoselo porque le llamaba así, siendo él malo, y no queriendo ser bueno. Señor, este género de alabanzas en los oídos de los príncipes de la tierra son peste que les pronuncian con las palabras estos lisonjeros; son ensalmo de veneno; no dejan que el príncipe sea señor de sus sentidos y potencias; no sabe sino lo que ellos quieren, y sólo eso se ve, cree y entiende. De manera que la voluntad del lisonjero le sirve de ojos, de orejas, de lengua y de entendimiento. Y pues Cristo, en quien ningún efecto de estos podía hacer la adulación, la desechó, no es menester decirlo a los que están sujetos a padecer todos estos encantos y enajenaciones (pudiera llamarlos robos de su alma).
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