Politica de Dios y gobierno de Cristo
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Dijo el Ángel a nuestra Señora: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo: bendita tú entre las mujeres»: palabras llenas de singulares y altísimas prerrogativas. Y dice el Evangelista: «La cual, como lo oyese, se turbó en su razonamiento.» Más seguro es, Señor, turbarse con la propuesta de grandes favores y mercedes, que tener orgullo en su confianza. A la Virgen María la saluda un ángel: llámala llena de gracia y bendita entre las mujeres, y se turba. A Eva la dice Satanás en la sierpe que coma y será como Dios; y se alegra, y confiada se ensoberbece. Ésta introduce con el pecado la muerte: la Virgen y Madre, concibiendo al que quitó los pecados del mundo, introdujo la vida y la muerte de la muerte. Díjola el ángel Gabriel: «No temas, María, porque hallaste gracia en Dios.» Señor, los que hallan gracia en otro hombre, los que con otro hombre pueden y tienen valimiento, teman: sólo pierda el miedo el que halla gracia en Dios y con Dios. Las ruinas tan frecuentes de los poderosos, en que tanta sangre y horror gastan las historias, se originan de que temen donde no habían de tener miedo, y no tienen miedo donde habían de temer. Doctrina es ésta de David, y por eso doctrina real y santa (
Psalm., 52, v. 6), tratando de los necios que en su corazón dijeron: «No hay Dios.» Tal gente reprende en este salmo y verso
142
: «Allí temblaron de miedo, donde no había temor.» Y da la causa en el verso siguiente: «Porque Dios disipó los huesos de los que agradan a los hombres.» Literal está la sentencia, y en ella la amenaza. Tienen gracia con los hombres, y no temen. Por eso Dios disipará sus huesos, y porque temen donde no hay temor. Muchos tienen gracia con Dios, a quien hace mercedes y favores; y muchos la tienen, a quien da aflicciones y trabajos. Hay algunos, y no pocos, que en viéndose en poder de persecuciones desconfían de tener gracia con Dios; y por eso temen donde no hay temor. Éstos más quieren estar contentos con lo que Dios hace con ellos, que no que Dios esté contento de ellos por lo que con ellos se sirve de hacer. Quieren a Dios sólo en el regalo y en el halago, no en el examen y dolor meritorio. Son almas regalonas y acomodadas. No lo enseña así San Agustín, pues dice: «Quien alaba a Dios en los milagros de los beneficios, alábele en los asombros de las venganzas; porque amenaza y halaga. Si no halagara, no hubiera alguna advertencia; si no amenazara, no hubiera alguna corrección.»
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