Politica de Dios y gobierno de Cristo

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No sin especial asistencia y providencia del cielo, Santísimo Padre Urbano, tomaste este nombre grande (correspondiente bien a la doctrina, al celo y a la virtud heroica que anima generosamente ese espíritu, con cuyo -192- aliento vive el católico nuestro) manifestándolo en solicitar la unión de los hijos grandes de la Iglesia, domando la dura cerviz de la discordia con las armas espirituales y tesoros del Jubileo grande que habéis franqueado a los fieles 173 . Porque de vuestra santidad se diga lo que de la eficacia viva de otro antecesor insigne vuestro dijo Roberto Mónaco 174 : «El papa Urbano (segundo de este nombre) tan urbanamente oró, que conciliando en uno los afectos de todos los que le oían, aclamaron todos: Dios quiere, Dios quiere». Vuestra beatitud tiene prenda segura de la virtud de esta unión, para lograrla en imitar aquella eficacia con la de la oración. Hable vuestra santidad: concilie los afectos de todos, que hoy están en batalla y en disensión. Pues Dios quiso con este nombre, con esta doctrina, poner a vuestra beatitud en la silla de San Pedro, oiga la propia aclamación de los que no padecen ni temen menos que aquellas gentes. «Dios quiere, Dios quiere», decimos todos. Ésta ha de ser con vuestra beatitud para lo espiritual nuestra aclamación. Dios quiere que vuestra beatitud hable, cuando se hace y se ejecuta lo que él no quiere. Santísimo Padre, conducid a vuestra nave los que fuera de ella osan navegar. Desagraviemos todos los que somos pueblo verdadero del verdadero Dios esas llaves, que por no usar de ellas el rey de Inglaterra descerrajó su iglesia, los herejes las adulteran con ganzúas, y los malos hijos por no pedirlas se quedan fuera. Oídnos; que quiere Dios: hablad, y juntad en uno la enemistad de nuestros afectos; que Dios quiere.


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