Politica de Dios y gobierno de Cristo

Politica de Dios y gobierno de Cristo

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Lo primero que dice el texto que tomó David fue el cayado, y añade: «El cual siempre tenía en las manos». Quien no se precia de su oficio, nunca fue en él eminente. Estaba David agradecido al cayado y al gobierno y defensas que le debía en sus corderos contra leones y osos: ha de ser rey, ha de casar con la hija del Rey; quiere hacerlo cetro, no dejarle por el cetro; ser rey y no dejar de ser pastor, porque ha de ser buen rey, y santo rey. Va a pelear con un gigante que ni conoce a Dios de impío, ni se conoce de soberbio: lleva el cayado para que con la humildad del oficio de pastor le afrente; va sin armas para darle a conocer lo que puede Dios contra las armas. Que llevase para este efecto el cayado con que no había de pelear, y que sucediese así, el mismo Goliat en viendo a David lo dijo: «¿Por ventura soy yo perro, que te vienes a mí con ese báculo? Ven, y yo daré por sustento tus carnes a las aves que vuelan, y a las fieras de los montes». Literalmente consta que se afrentó de solo el cayado, pues dijo era tratarle como a perro. No saben los impíos y los soberbios de qué se han de ofender, ni de qué deben temer, ni con qué cosa han de enojarse; por eso no aciertan si no con su castigo. Enfurécese contra el báculo que no le ha de ofender, y no hace caso de la honda que le ha de matar. Mucho sabe, Señor, quien sabe temer: en esto se cierra el misterioso secreto de la prudencia. David respondió al filisteo: «Tú vienes a mí con espada, lanza y escudo; yo voy a ti en el nombre de Dios, y Dios te entregará en mis manos. Yo te heriré y apartaré tu cabeza de tu cuello; y no solamente tu cuerpo, mas los cadáveres de los escuadrones de los filisteos repartiré a las aves y a las fieras, para que conozca todo el mundo la grandeza del Dios de Israel;y particularmente la iglesia de estos fieles, que aquí están juntos, conocerán es verdad que Dios para vencer no tiene necesidad de espada ni de lanza, dependiendo absolutamente de sus manos toda guerra y victoria». No importa poco responder a los fanfarrones que hablan con demasiado orgullo, con doblado brío; su parte es de conquista, porque los enflaquece la novedad del desprecio que no esperaban. David no deja cosa de las que traía el gigante, que no le nombra; y a la espada, lanza y escudo le opone el venir a él en nombre de Dios. Dice que Dios se le pondrá en sus manos, no dice que le cogerá a él con ellas. Olvida David las muchas riquezas prometidas, la hija del rey por mujer, la libertad del tributo para la casa de su padre: no dice que pelea por esto, ni lo toma en la boca, dice que pelea porque todo el mundo conozca la grandeza de Dios; y la iglesia de los fieles que estaban presentes, que Dios, para vencer, no necesita de espada; y que las victorias y las guerras son absolutamente de Dios. Alma que no se quieta en las mayores mercedes que los reyes del mundo pueden hacer, y aspira a las de Dios, bien sabe negociar.


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