Politica de Dios y gobierno de Cristo
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Señor, los reyes pueden comunicarse en secreto con los ministros y criados familiarmente, sin aventurar reputación; mas en público, donde en su entereza e igualdad está apoyado el temor y reverencia de las gentes, no digo con validos, ni con hermanos, ni padre ni madre ha de haber sombra de amistad, porque el cargo y la dignidad no son capaces de igualdad con alguno. Rey que con el favor diferencia en público uno de todos, para sí ocasiona desprecio, para el privado odio, y en todos envidia. Esto suele poder una risa descuidada, un mover de ojos cuidadoso. No aguarda la malicia más preciosas demostraciones. Cristo, cuando le dijeron estando enseñando a las gentes: Aquí están tu Madre y tus parientes, respondió con severidad, que parecía despego, misteriosamente: «Mi madre y mis parientes son los que hacen la voluntad de mi Padre, que está en el cielo
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». Hoy diciéndole su Madre (apiadada de los huéspedes, y de su pobreza y defecto) que no tenían vino, la responde con menos caricia que majestad
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: «¿Qué tienes tú conmigo, mujer?». Y en la cruz, donde en público estaba espirando y con el último esfuerzo de su grande amor redimiendo el mundo, excusando la terneza del nombre de Madre, la dijo en muestra de mayor amor: «Mujer, ves ahí a tu Hijo.» Señor, si el rey verdadero Cristo, cuando enseña, predica y ejerce el oficio de redentor, a su Madre y sus deudos que le buscan, diciéndole que están allí, responde no que entren, ni los sale a recibir, sino: «Mi Madre y mis deudos son los que hacen la voluntad de mi Padre»; y si en las bodas, donde es convidado, a la advertencia tan próvida que hizo su Madre, en la respuesta mostró sequedad aparente; y si cuando se va al Padre no se despide con blanduras de hijo, sino con severidad de monarca, ¿cómo le imitarán los reyes que desautorizan la corona con familiaridad y entretenimiento de vasallos, llamando favorecer al ministro lo que es desacreditarse? Y en una de estas acciones públicas, descuidadas y mal advertidas, descaece su reputación. Ser rey es oficio, y el cargo no tiene parentesco: huérfano es; y si no tiene ni conoce para la igualdad padre ni parientes, ¿cómo admitirá allegado ni valido, si no fuere a aquél sólo que hiciere la voluntad de su Padre, y que diere con humildad el primer lugar a la verdad, a la justicia y misericordia? Así lo enseñó Cristo; pues cuando se escribe que hizo honras, no abrazó a uno solo, sino a todos.
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