Klosterheim o La Mascara

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Debido a estas supersticiones, muchos de los espectadores se detuvieron a la entrada del castillo, y quedaron rezagados en el portal, aunque suponían que la Cámara de Justicia, de acuerdo con las viejas tradiciones alemanas, se encontraba abierta a todos. Pero pronto quedaron desengañados por el brusco regreso de los pocos que habían entrado hasta la primera antecámara. El grupo había sido rechazado con insolencia, y los atónitos ciudadanos recibieron otra lección de las nuevas artes del secretismo con que el Landgrave acompañaba sus nuevos actos de tiranía.

Von Aremberg y sus prisioneros, que permanecían en una de las antecámaras, no tuvieron que esperar mucho antes de ser convocados a presencia del Landgrave.

Tras recorrer numerosos pasillos, alfombrados para ahogar el ruido de las pisadas, llegaron a una pequeña sala, cuya puerta se abrió repentinamente ante la silenciosa señal de un portero, que les mostró una larga galería con una mesa y unas sillas situadas al otro extremo. Había dos caballeros sentados junto a la mesa, examinando con interés unos papeles. En uno era fácil reconocer la astuta mirada del ministro italiano. El otro era el Landgrave.


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