Klosterheim o La Mascara

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CAPÍTULO XIV

Por fin llegó el día. Se apostaron más guardias de lo normal. Los pajes y los sirvientes estaban dispuestos, con sus trajes de gala, en largas y hermosas filas a lo largo de las enormes salas góticas que se sucedían unas a otras desde la entrada del schloss hasta los modernos salones posteriores. Había bandas de música militar, formadas en Viena entre los prisioneros extranjeros procedentes de diversos países, con sus trajes nacionales —italianos, húngaros, turcos o croatas—, situadas en las espaciosas galerías o corredores que discurrían entre los salones. El profundo redoble de los tambores, acompañados por címbalos e instrumentos de música, empezó a llenar los laberintos del palacio a las siete de la tarde, hora en que solían dar comienzo ese tipo de acontecimientos según la costumbre que entonces imperaba en Alemania. Las sucesivas descargas de las largas filas de mosqueteros formadas en la plaza y en otras entradas del palacio anunciaban con el profundo rugido de la artillería la llegada de los visitantes más distinguidos. Se rumoreaba que entre ellos había varios oficiales del mando supremo del campamento sueco, instalado ya en las proximidades, venidos de incógnito amparándose en sus disfraces para visitar al Landgrave y mejorar los términos de su alianza. Evitaban así el riesgo que podían haber corrido en una visita pública, dada su declarada condición en una ciudad de sentimientos tan inestables y tan simpatizante del emperador como Klosterheim.


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