Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Ya había oscurecido cuando Paulina regresó al convento. Dos sirvientes del Landgrave la precedieron con antorchas hasta los portones de Santa Inés, que se encontraba muy cerca del palacio. La condesa franqueó las puertas del convento y los sirvientes del príncipe se retiraron a requerimiento suyo. Ahora no había nadie que pudiera auxiliarla salvo un pequeño paje de su servicio, y quizás el portero del convento. Pero al volver la primera curva del jardín de Santa Inés, casi podía considerarse abandonada a su suerte, pues el niño que la seguía era demasiado joven para ofrecerle ayuda efectiva. Al ver la larga avenida de viejos árboles que aún tenía que atravesar, se arrepintió de haber despedido a los sirvientes del Landgrave. A estos jardines se podía saltar fácilmente desde el exterior, y la parte más alejada de la avenida se comunicaba con algunas de las zonas con peor reputación de Klosterheim. La ciudad rebosaba de gente de toda clase. Uno se encontraba a menudo con algunos de los más viles desertores de los campamentos imperiales. El propio Wallenstein y otros comandantes imperiales, pero sobre todo Holk, habían atraído hacia sus banderas los desechos de las cárceles alemanas. En otros tiempos, habían dado licencia ilimitada para saquear, con lo que ellos mismos alentaron el diabólico espíritu de agresión y rapiña que después les fue imposible restituir a sus cauces normales. Por todos lados la gente se veía obligada a estar en guardia, y no sólo, como ahora, contra el militar tirano o bandido sino también contra los sirvientes privados que tenían a su servicio. Desde hacía algún tiempo se veían individuos sospechosos paseando al anochecer por los jardines de Santa Inés, e incluso penetrando en el claustro. El recuerdo de La Máscara, ahora en la cima de su misteriosa carrera, también pasó por el pensamiento de Paulina. ¿Quién conocía sus motivos, o los fines de su misteriosa campaña, que, en todo caso, estaba marcada últimamente por la muerte? Mientras pasaban estas ideas rápidamente por su cabeza, temblaba, más por el miedo que a causa del viento invernal que soplaba fuerte y racheado por la avenida.
