Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara El reloj del convento, que marcaba los cuartos de hora, anunció que por fin había llegado la hora señalada. Temblando de miedo y de frío, a pesar de ir envueltas en pieles, Paulina y su criada se adentraron en el jardín con la cabeza cubierta por los velos. Todo estaba sumido en la oscuridad e inmerso en un silencio sepulcral. Las luces de la capilla brillaban a través de las cristaleras de colores y, de vez en cuando, alguna lámpara o vela emitía un fulgor que iluminaba algunas ventanas dispersas por el enorme conjunto de edificios de Santa Inés, indicando la asistencia a la cama de algún enfermo, o la paz de una oración. Pero estas escasas luces acentuaban la oscuridad de los alrededores, y Paulina y su criada tuvieron dificultades para encontrar el camino hasta el lugar señalado. Sin embargo, una vez que llegaron a la muralla, la siguieron, seguras de no tropezar con obstáculos importantes, hasta que llegaron a un lugar donde las ruinas les impedían el paso. Se detuvieron y se comunicaron en voz baja sus dudas sobre la localización exacta del lugar indicado en la carta. De repente surgió un hombre del suelo que las saludó con estas palabras: «¡Santa Inés! ¡Todo va bien!», concertadas previamente en la carta como contraseña. La voz era cortés, afable y respetuosa, y no se parecía en nada a la voz del rufián de la carta. En pocas palabras, aseguró a Paulina que el joven general no había podido entrar en la ciudad, pero que se encontraría con ella a unas millas de sus puertas, y que no tenían tiempo que perder. Cuando terminó de hablar, destapó una lámpara sorda que les mostró una escalera de cuerdas atada a la parte superior de la muralla. En ese punto la muralla era bastante baja, por lo que no había que preocuparse por la dificultad de su ascenso. Pero, antes de ponerse en marcha, Paulina insistió en saber algún detalle más sobre la forma en que iban a salir de la ciudad, y en compañía de quién iban a realizar el viaje. El hombre ya se había ganado parte de la confianza de Paulina con la corrección de sus palabras, que indicaban una elevada educación y la costumbre de tratar con personas de rango, y les explicó lo que consideró más apropiado para la ocasión. Un convoy de armas y fuerzas militares iba a abandonar la ciudad con destino a la guarnición de Falkenstein. Varios carruajes con personas privilegiadas, a quienes el Landgrave o su ministro habían concedido permiso, iban a aprovecharse de la escolta para atravesar el bosque, y un soborno, realizado en el cuartel adecuado, había conseguido fácilmente el permiso del oficial de guardia de la puerta para incluir un carruaje más como parte del séquito de una gran dama. La única condición era que sólo viajasen mujeres en él, ya que las personas de ese sexo eran menos sospechosas de huir de la ira del Landgrave, que se suponía iba a caer pronto sobre los conspiradores.
