Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Cuando el reloj dio las once, la orquesta se detuvo de pronto y, como no se entablaba ninguna conversación, la angustia de la espera se hizo todavía más dolorosa. Toda la vasta asamblea enmudeció. Los comensales miraban hacia las puertas, se miraban unos a otros o vigilaban, furtivamente, el semblante del Landgrave, De pronto se oyó un ruido en la antecámara; entró un paje con pasos rápidos y desconcertados, llegó hasta el asiento del Landgrave, se inclinó y le susurró al príncipe alguna noticia o mensaje, del que no llegó ni una sílaba a oídos de los invitados. No se produjo el menor cambio en el rostro del oyente que indicara que compartía las emociones del mensajero, que evidentemente eran de pesar o pánico, o quizá ambas a la vez. Algunos imaginaron incluso que en ese momento cruzó el semblante del Landgrave una expresión fugaz de alegría malvada. Pero, si fue así, desapareció con la misma rapidez. Un instante después, el príncipe se levantó relajado, y, simulando con éxito una tranquilidad extrema, se acercó a una de las antecámaras, en la que, al parecer, alguien lo esperaba.