Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Al atravesar el vestíbulo de entrada, Paulina se fijó en un hombre de aspecto chocante y farouche, pelo oscuro y revuelto, ojos vivos y salvajes, que brillaban con maliciosa picardía y que la observaron mientras pasaba, con una mirada mezcla de insolencia y curiosidad que la hizo estremecerse involuntariamente. Estaba indolentemente reclinado contra la pared cuando ella entró, pero, a su paso, se enderezó con un movimiento brusco, probablemente no por un sentimiento de respeto, sino bajo una poderosa impresión de sorpresa, al ver a una joven de figura espléndida e impresionante belleza en circunstancias tan poco acordes con lo que podrían considerarse sus pretensiones naturales. La dignidad de su porte y el número de sus sirvientes denunciaban a las claras las lujosas estancias que cabía esperar de sus costumbres. Y ahora entraba en un alojamiento que en los últimos años había recibido a pocas personas de su sexo, y probablemente sólo a las de la más baja categoría.
—¡Quédate en tu sitio, compañero! —exclamó una de las camareras, enojada al notar la mirada grosera y el efecto que produjo sobre su señora.