Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Por fin llegó la mañana del diez, día en que los viajeros de Viena, y todos los que se habían unido a ellos por el camino, esperaban ardientemente reunirse con sus amigos de Klosterheim, que a su vez, los aguardaban no menos ardientemente. En todos, los mismos deseos encendidos, los mismos miedos sombríos y terribles. Ambos grupos se levantaron con los corazones palpitantes: unos, desde Falkenberg, escudriñaban con ojos anhelantes, buscando las torres de Klosterheim; los otros, desde las ventanas más altas y los tejados, parecían querer devorar la distancia que los separaba de Falkenberg. Pero un corto trecho de bosque se interponía entre amigos y amigos, padres e hijos, amantes y amados. No más de dieciocho millas de bosque sombrío, praderas y claros silvestres, separaban aquellos corazones que habrían dado sus vidas mil veces por reunirse de nuevo. Eran regiones pacíficas y tranquilas, que en tiempos normales estarían pobladas por habitantes semejantes al tímido conejo que corría hacia su madriguera, o a los ciervos salvajes que huían majestuosamente hacia sus guaridas. Pero, ahora, de cada cañada o matorral podían surgir merodeadores armados. En algunas estaciones, cada rayo de sol se reflejaba en las brillantes armaduras de las tropas que se abrían paso a través de los laberintos de matorrales. Algunas noches resonaba el brusco alarido de las trompetas, despertando en los lugares más recónditos de este vasto bosque ecos que, salvo los del cuerno del cazador, habían dormido durante siglos.
