Klosterheim o La Mascara

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En el bosque, que se encontraba despoblado a excepción de los puestos fronterizos y las casas de los sirvientes del Landgrave, distribuidas para realizar las labores del bosque y de la caza, este cambio se reflejó principalmente en la tumultuosa berrea de los ciervos salvajes, sobre los que grupos llegados a diario de lugares remotos habían desatado una guerra sangrienta, a fin de acumular reservas para las hambrientas guarniciones, multiplicadas por las orillas del bosque rápidamente y sin preparativos previos. Aunque la región aún no estaba agotada por la guerra, había muchos caminos intransitables, próximos a las guarniciones que aún podían proporcionar suministro continuo a la abundante población, gracias a que, con los rumores del conflicto, todas las ciudades amuralladas en un radio de cien millas, muchas de ellas capaces de resistir un coup de main y cerrar sus puertas a cualquiera de los dos bandos, ya se habían abastecido, adquiriendo todos los suministros sobrantes de la región. En tal estado de cosas, los ciervos salvajes se convirtieron en un objeto de considerable valor para ambos contendientes, y se les hizo una cruel guerra desde todos los lados del bosque. Se les veía pasar en manadas desde las murallas de las ciudades, corriendo velozmente ante la caballería sueca durante diez, quince, e incluso treinta millas, hasta encontrarse con otro grupo, que surgía repentinamente de un seto, desde el que esperaba su llegada, y los obligaba a dar la vuelta. En ocasiones, este segundo grupo era de tropas imperiales, que por el ardor de la caza, se veían arrastrados hasta el mismo centro de sus enemigos, antes de que ninguno de ellos se diese cuenta de la situación. Luego, según las circunstancias, venía la repentina huida o la ruidosa escaramuza. Los bosques resonaban con las apresuradas llamadas de la trompeta. Los ciervos retrocedían, atravesando por en medio de la furiosa lucha, y, aprovechando las hostilidades, causa originaria de su persecución, huían del escenario de la contienda, y no pocas veces pasaban en estampida ante las murallas de la ciudad, anunciando a los espectadores de arriba, con su agitación y miradas asustadas, el estrépito de las escaramuzas en otras zonas remotas del bosque, de las que sólo tenían noticia por los ecos interrumpidos de las trompetas.


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