Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Berta llegó; no querÃa que jamás pisaran allÃ. ¡Y ni aún en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podÃa evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor más irritable era su humor con los monstruos.
–¡Que salgan, MarÃa! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habÃan movido en todo el dÃa de su banco. El sol habÃa traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, querÃa observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. QuerÃa trepar, eso no ofrecÃa duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hÃzole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.