Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte En la barra del Ñacanguazú, la barrera flotante contuvo a los primeros palos que llegaron, y resistió arqueada y gimiendo a muchos más; hasta que al empuje incontenible de las vigas que llegaban como catapultas contra la maroma, el cable cedió.
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Candiyú observaba el rÃo con su anteojo, considerando que la creciente actual, que allà en San Ignacio habÃa subido dos metros más el dÃa anterior – llevándose, por lo demás, su chalana–, serÃa más allá de Posadas formidable inundación. Las maderas habÃan comenzado a descender, cedros o poco menos, y el pescador reservaba prudentemente sus fuerzas.
Esa noche el agua subió un metro aún, y a la tarde siguiente Candiyú tuvo la sorpresa de ver en el extremo de su anteojo una barra, una verdadera tropa de vigas sueltas que doblaban la punta de ItacurubÃ. Madera de lomo blanquecino, y perfectamente seca.
Allà estaba su lugar. Saltó en su guabiroba, y paleó al encuentro de la caza.