Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Pero nada más. Ni el más leve rastro de lo pasado, ni siquiera afectación de no mirarme, con lo que habÃa yo contado como último triunfo de mi juego. Era un sujeto –no digamos sujeto, sino ser– absolutamente desconocido para ella. Y piénsese ahora en la gracia que me hacÃa recordar, mientras la miraba, que una noche esos mismos ojos ahora frÃvolos me habÃan dicho, a ocho dedos de los mÃos:
–¿Y cuando esté sana… me querrás todavÃa?
¡A qué buscar luces, fuegos fatuos de una felicidad muerta, sellada a fuego en el cofrecillo hormigueante de una fiebre cerebral! Olvidarla… Siendo lo que hubiera deseado, era precisamente lo que no podÃa hacer.
Más tarde, en el hall, hallé modo de aislarme con Luis MarÃa, mas colocando a éste entre MarÃa Elvira y yo; podÃa asà mirarla impunemente so pretexto de que mi vista iba naturalmente más allá de mi interlocutor. Y es extraordinario cómo su cuerpo, desde el más alto cabello de su cabeza al tacón de sus zapatos, en un vivo deseo, y cómo al cruzar el hall para ir adentro, cada golpe de su falda contra el charol iba arrastrando mi alma como un papel.