Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte —¿Y eso?—me ha dicho el médico mirándome—. ¿Quién le ha definido esas cosas?
—Las he leÃdo alguna vez—respondo—. Haga el favor de examinarme, le ruego.
El doctor me examina el estómago, el hÃgado, la circulación—y la vista, por de contado.
—Nada veo —me ha dicho—, fuera de la ligera depresión que acusa usted viniendo aquÃ… Piense poco, fuera de lo indispensable para sus maniobras, y no lea nada. A los conductores de rápidos no les conviene ver cosas dobles, y menos tratar de explicárselas.
—¿Pero no serÃa prudente —insisto— solicitar un examen completo a la empresa? Yo tengo una responsabilidad demasiado grande sobre mis espaldas para que me baste…
—… el breve examen a que lo he sometido, concluya usted. Tiene razón, amigo maquinista. Es no sólo prudente, sino indispensable hacerlo asÃ. Vaya tranquilo a su examen; los conductores que un dÃa confunden las palancas no suelen discurrir como usted lo hace.
Me he encogido de hombros a sus espaldas, y he salido más deprimido aún.
¿Para qué ver a los médicos de la empresa si por todo tratamiento racional me impondrán un régimen de ignorancia?