Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte —¡Es que tenemos que correr, amigo! ¿Y su calma? ¡La mÃa, yo sé dónde está!
—¿Qué?—murmura el hombre.
—El empalme. Parece que allà hay que palear de firme. Y después, del 296 al 315.
—¿Con estas lluvias encima?—objeta el timorato.
—El jefe… ¡Calma! En 18 años de servicio no habÃa yo comprendido el significado completo de esta palabra. ¡Vamos a correr a 110, amigo!
—Por mÃ… —concluye mi hombre, ojeándome un buen momento de costado.
¡Lo comprendo! ¡Ah, plenitud de sentir en el corazón, como un universo hecho exclusivamente de luz y fidelidad, esta calma que me exalta! ¡Qué es sino un mÃsero, diminuto y maniatado ser por los reglamentos y el terror, un maquinista de tren del cual se pretendiera exigir calma al abordar un cierto empalme! No es el mecánico azul, con gorra, pañuelo y sueldo, quien puede gritar a sus jefes: ¡La calma soy yo! ¡Se necesita ver cada cosa en el cenit, aisladÃsimo en su existir! ¡Comprenderla con pasmada alegrÃa! ¡Se necesita poseer un alma donde cada cual posee un sentido, y ser el factor inmediato de todo lo sediento que para ser aguarda nuestro contacto! ¡Ser yo!