Cuentos de la selva
Cuentos de la selva —Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podrÃa curar. Pero voy a morir aquÃ, solo en el monte.
Él creÃa que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendÃa de nuevo el camino.
Pero llegó un dÃa, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. HabÃa llegado al lÃmite de sus fuerzas, y no podÃa más. No habÃa comido desde hacÃa una semana para llegar más pronto. No tenÃa más fuerza para nada.
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba todo el cielo, y no supo qué era. Se sentÃa cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no habÃa podido salvar al hombre que habÃa sido bueno con ella.
Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabÃa. Aquella luz que veÃa en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros moribundos.
—¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?