Cuentos de la selva
Cuentos de la selva Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decÃan las criaturas, que el loro aprendió a hablar. DecÃa: «¡Buen dÃa, lorito!…» «¡Rica la papa!…» «¡Papa para Pedrito!…». DecÃa otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.
Cuando llovÃa, Pedrito se encrespaba y se contaba a sà mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componÃa, volaba entonces gritando como un loco.
Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenÃa también, como las personas ricas, su five o’clock tea.
Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco dÃas de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:
—¡Qué lindo dÃa, lorito!… ¡Rica papa!… ¡La pata, Pedrito!… —y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el rÃo Paraná, que parecÃa una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.
Y he aquà que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.