Cuentos de la selva
Cuentos de la selva El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podÃa volar bien, porque le faltaba la cola, que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.
Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frÃo. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que habÃa en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frÃo y de vergüenza.
Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:
—¿Dónde estará Pedrito? —decÃan. Y llamaban—: ¡Pedrito! ¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!
Pero Pedrito no se movÃa de su cueva, ni respondÃa nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito habÃa muerto, y los chicos se echaron a llorar.
Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verÃan porque habÃa muerto.