Cuentos de la selva
Cuentos de la selva —¡SÃ, pasarán, compañeritas! —dijo el hombre. Y añadió, hablando en voz baja—: El único modo serÃa mandar a alguien a casa a buscar el winchester con muchas balas… pero yo no tengo ningún amigo en el rÃo, fuera de los peces… y ninguno de ustedes sabe andar por la tierra.
—¿Qué hacemos entonces? —dijeron las rayas ansiosas.
—A ver, a ver… —dijo entonces el hombre, pasándose la mano por la frente, como si recordara algo—. Yo tuve un amigo… un carpinchito que se crió en casa y que jugaba con mis hijos… Un dÃa volvió otra vez al monte y creo que vivÃa aquÃ, en el YabebirÃ… pero no sé dónde estará…
Las rayas dieron entonces un grito de alegrÃa:
—¡Ya sabemos! ¡Nosotras lo conocemos! ¡Tiene su guarida en la punta de la isla! ¡Él nos habló una vez de usted! ¡Lo vamos a mandar buscar enseguida!
Y dicho y hecho: un dorado muy grande voló rÃo abajo a buscar al carpinchito; mientras el hombre disolvÃa una gota de sangre seca en la palma de la mano, para hacer tinta, y con una espina de pescado, que era la pluma, escribió en una hoja seca, que era el papel. Y escribió esta carta: «Mándenme con el carpinchito el winchester y una caja entera de veinticinco balas».