Cuentos de la selva
Cuentos de la selva —¿No me vas a hacer nada? —dijo la voz—. ¿Puedo contar con tu juramento?
—Sà —respondió la culebra—. Te lo juro. ¿Dónde estás?
—Aquà —respondió la abejita, apareciendo súbitamente de entre una hoja cerrada de la plantita.
¿Qué habÃa pasado? Una cosa muy sencilla: la plantita en cuestión era una sensitiva, muy común también en Buenos Aires, y que tiene la particularidad de que sus hojas se cierran al menor contacto. Solamente que esta aventura pasaba en Misiones, donde la vegetación es muy rica, y por lo tanto muy grandes las hojas de las sensitivas. De aquà que al contacto de la abeja, las hojas se cerraran, ocultando completamente al insecto.
La inteligencia de la culebra no habÃa alcanzado nunca a darse cuenta de este fenómeno; pero la abeja lo habÃa observado, y se aprovechaba de él para salvar su vida.
La culebra no dijo nada, pero quedó muy irritada con su derrota, tanto que la abeja pasó toda la noche recordando a su enemiga la promesa que habÃa hecho de respetarla.
Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared más alta de la caverna, porque la tormenta se habÃa desencadenado, y el agua entraba como un rÃo adentro.