El Infierno artificial
El Infierno artificial … ¿Ha oÃdo algo, en verdad? Nuestro conocido descorre el cerrojo, entra, y luego de girar suspenso alrededor del hombre de hueso, se arrodilla y junta sus ojos a las órbitas de la calavera.
AllÃ, en el fondo, un poco más arriba de la base del cráneo, sostenido como en un pretil en una rugosidad del occipital, está acurrucado un hombrecillo tiritante, amarillo, el rostro cruzado de arrugas. Tiene la boca amoratada, los ojos profundamente hundidos, y la mirada enloquecida de ansia.
Es todo cuanto queda de un cocainómano.
—¡CocaÃna! ¡Por favor, un poco de cocaÃna!
El sepulturero, sereno, sabe bien que él mismo llegarÃa a disolver con la saliva el vidrio de su frasco, para alcanzar el cloroformo prohibido. Es, pues, su deber ayudar al hombrecillo tiritante.
Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que el botiquÃn del cementerio le ha proporcionado. ¿Pero cómo, al hombrecillo diminuto?…
—¡Por las fisuras craneanas!… ¡Pronto!
¡Cierto! ¿Cómo no se le habÃa ocurrido a él? Y el sepulturero, de rodillas, inyecta en las fisuras el contenido entero de la jeringuilla, que filtra y desaparece entre las grietas.
