El Infierno artificial
El Infierno artificial —¡Matarse! Y concluirÃa seguramente; serÃa lo que cualquiera de esos vecinos mÃos… Se pudrirÃa en tres horas, usted y sus deseos.
—Es cierto;—pensó el sepulturero—acabarÃan conmigo. Pero el otro no se habÃa rendido. ArdÃa aún después de ocho años aquella pasión que habÃa resistido a la falta misma del vaso de deleite; que ultrapasaba la muerte capital del organismo que la creó, la sostuvo, y no fué capaz de aniquilarla consigo; que sobrevivÃa monstruosamente de sà misma, transmutando el ansia causal en supremo goce final, manteniéndose ante la eternidad en una rugosidad del viejo cráneo.
La voz cálida y arrastrada de voluptuosidad sonaba aún burlona.
—Usted se matarÃa… ¡Linda cosa! Yo también me maté… ¡Ah, le interesa! ¿verdad? Pero somos de distinta pasta… Sin embargo, traiga su cloroformo, respire un poco más y óigame. Apreciará entonces lo que va de su droga a la cocaÃna. Vaya.
El sepulturero volvió, y echándose de pecho en el suelo, apoyado en los codos y el frasco bajo las narices, esperó.
